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María Morales B. - Periodista de Radio Pio XII A 70 años de la masacre de Catavi (1942): MARÍA BARZOLA ENTREGÓ SU VIDA CON DIGNIDAD


María Morales B. - Periodista de Radio Pio XII
A 70 años de la masacre de Catavi (1942): MARÍA BARZOLA ENTREGÓ SU VIDA CON DIGNIDAD“Si debemos morir que sea con nobleza, de manera que nuestra sangre no se derrame inútilmente: y hasta los monstruos que enfrentamos no tendrán más remedio que honrarnos, aunque muertos”. (Claude Mac Kay)

Las mujeres a lo largo de la historia de nuestro país, han marcado valientes e importantes episodios de dignidad y coraje. No debemos olvidar a las mujeres palliris que fueron incorporadas al trabajo de la minería para escoger piedras mineralizadas; a miles de mujeres amas de casa, esposas de los mineros, que participaron en diferentes jornadas de lucha; a María Barzola, mujer que no dudó encabezar la marcha y sacrificar su vida por mejores salarios; el Comité de Amas de Casa de Siglo XX que exigió el abastecimiento de las pulperías; las cuatro mujeres mineras: Aurora de Lora, Nelly de Paniagua, Angélica de Flores y Luzmila de Pimentel que encabezaron la huelga de hambre en plena dictadura de Banzer para exigir libertad de los presos políticos y retorno de los exiliados políticos; Ercilia López, que murió en la Masacre de Amayapampa por la defensa de los recursos naturales.

Contexto político

La Guerra del Chaco, donde murieron más de cincuenta mil bolivianos, provocó la lucha política porque las inmensas mayorías no eran parte de los beneficios de la explotación de las riquezas mineras. Los gobiernos de David Toro y Germán Busch se enfrentaron al súper Estado minero decretando la obligatoriedad de las grandes empresas a entregar al Banco Central el cien por ciento de las divisas que obtenían por la venta del estaño en el mercado internacional. La Segunda Guerra Mundial exigió la producción de más estaño; de esa forma, Bolivia se convierte en enero de 1942 en socio estratégico de los aliados Estados Unidos e Inglaterra a quienes entregó el estaño con un costo del 30 por ciento más; es decir, de 48 centavos de dólares por libra fina, a 64 centavos. Entretanto, la situación de los mineros de Siglo XX y Catavi era alarmante porque Patiño redujo en un 12 por ciento el poder adquisitivo de sus salarios, que ya eran bajos.

Para asegurar la producción de estaño y los beneficios de la empresa de Patiño, el presidente de entonces, General Enrique Peñaranda, dictó varios decretos en el año 1941 para garantizar la actividad minera y dio orden a las Fuerzas Armadas para reprimir todo acto que impida la continuidad de la producción minera.

 

Origen del conflicto

La masacre de Catavi tuvo su origen en 1941 a raíz de que la Gerencia de la Empresa Mines Enterprises de Patiño rebajó los salarios a los trabajadores mineros. Los sindicatos de Catavi y Siglo XX solicitaron a su vez un aumento de salarios y estabilidad en los precios de la pulpería. El 28 de septiembre, el Sindicato de Oficios Varios de Catavi demandó un aumento salarial del cien por ciento y la promulgación del Código de Trabajo. La empresa comunicó que consultará con su directorio en New York. El Ministerio de Trabajo, después de 46 días, citó a una conferencia de conciliación a ambas partes a la que asistieron sólo los dirigentes del sindicato, Ajhuacho, Hinojosa y Camacho.

La empresa se negó a negociar con la mediación del gobierno. El 8 de diciembre la Asamblea de Trabajadores determinó un paro de labores desde el 14 de diciembre. Ese mismo día, el presidente Peñaranda recibió un documento de apoyo moral del “Comité de Coordinación Minera” integrado por representantes de Hoschild y  Aramayo,  donde manifestaron su solidaridad con la Patiño Mines.

La respuesta del gobierno de Enrique Peñaranda fue inmediata. Envió un telegrama a Catavi dirigido al coronel Luis A. Cuenca, jefe de la guarnición militar de Oruro, quien estaba al mando de los regimientos “Sucre”, “Ingavi” y Carabineros, ordenando prevenir al sindicato que la huelga era ilegal.

El 10 de diciembre, el “Consejo de la Patiño Mines”, desde New York, presionó al Presidente con un telegrama de cuidar la producción minera y que mientras haya huelga no hay diálogo. El 13 de diciembre, los militares acantonados en Catavi desde el mes de noviembre, procedieron a la detención de los dirigentes sindicales de Catavi. Los obreros reaccionaron y se movilizaron logrando su libertad horas después. Desde el día de la huelga, se ordenó cerrar la pulpería, no pagar los salarios de la quincena, cortar el suministro de agua y, de esta manera, presionar a los trabajadores para que retornen a sus fuentes de trabajo. El 19 de diciembre una marcha de esposas e hijos de los trabajadores reclamaron alimentos y fueron violentamente dispersados.

 

Día de la masacre

El coronel Cuenca ordenó al mayor Bustamante colocar cuatro hileras de centinelas frente al sindicato. Al rato, muchas mujeres se pusieron frente al primer cordón. A las 08:15 horas otro grupo de trabajadores marchó contra los militares y avanzó hasta el cuartel. Los militares se vieron obligados a romper fuego al aire, pero la multitud siguió avanzando. Los próximos disparos fueron a los cuerpos de los manifestantes, por este hecho se lamentó la muerte de 5 personas y 19 heridos.

La noticia llegó a Llallagua, Siglo XX, Cancañiri y Uncía y a las 10:00 horas se inició una marcha de tres columnas rumbo a Catavi. A la cabeza de la marcha se encontraba doña María Barzola. Según algunos datos, María Barzola era una mujer adulta, viuda de un trabajador minero de apellido Cueto. A la altura del kilómetro cuatro, en una pampa descubierta y árida, la columna avanzaba con gritos de justicia, justos salarios y pulperías abiertas.

Los militares se habían parapetado con ametralladoras, un mortero de campaña y fusiles en posiciones que ofrecían una buena visibilidad de los marchistas y a una distancia de 800 metros arremetieron con nutridos disparos. Los marchistas, asustados por tanta balacera, intentaron refugiarse y otros corrieron desesperados.

El campo estaba cubierto de mucho polvo, los cuerpos de las víctimas estaban esparcidos y llenos de sangre, heridos que se quejaban de dolor. Entre los muertos se encontraba María Barzola. Junto a ella murieron otras mujeres, niños y niñas y trabajadores mineros.

“Nunca podrá saberse cuántos mineros bolivianos y sus esposas y niños murieron en Catavi el 21 de diciembre de 1942. Oficialmente se admitió que hubo 19 muertos y alrededor de 40 heridos. Sin embargo, un testigo ocular afirmó que al menos 40 cadáveres fueron acarreados en camiones y enterrados en una fosa común para que no se sepa exactamente cuántas fueron las víctimas”. Actualmente, en ese sitio se encuentra una cruz grande y en sus alrededores se pueden ver algunas tumbas con el epitafio caído en la masacre de 1942. “Un oficial que estuvo en el sitio declaró que al menos cuatrocientos muertos fueron enterrados aquel día”, según Augusto Céspedes.

En testimonio del coronel Cuenca, el martes 22 se enterraron las victimas caídas el día anterior. Se prefirió acceder a que se entregaran los cadáveres más los ataúdes correspondientes a los familiares de los muertos porque se temía que al enterrarlos directamente los soldados daría margen a que se propalara entre los obreros cifras fantásticas de muertos como ocurrió en Uncía el año 1923.

 

María Barzola, dónde te encuentras,

Tu espíritu reina aún las Pampas cerca de Catavi,

Tu grito de muerte nos convoca a defender lo nuestro,

Con dignidad y en beneficio de los  excluidos, de los más marginados y olvidados.

Gloria por tu imagen de dignidad, valentía, firmeza, humildad y de sacrificio.

La masacre de las Pampas de María Barzola se produjo en el gobierno del general Enrique Peñaranda, un militar que expresó el retorno de la oligarquía al poder después del “socialismo militar”. En su caída, producida en diciembre de 1943, jugó un papel importante en la Masacre del 21 de diciembre de 1942, que además de conmover a la opinión pública nacional, fue utilizada por los partidos políticos del MNR y el PIR posteriormente.

 

Catalina Velarde:

“A la gente  en la marcha los mataron  junto a sus hijos,  era  una pena decía mi mamá  llorando…”

En  Llallagua, Siglo XX, Catavi y Uncía es muy difícil encontrar a sobrevivientes de la masacre, los que viven son ancianos que por la fuerza del tiempo no recuerdan en su verdadera magnitud los hechos de la masacre.

Catalina  Velarde  viuda de  Vallejos, vivía en Cancañiri en el tiempo de la masacre de 1942. Actualmente vive en Catavi; su mamá fue doña Mercedes Velarde, su papá don Atanasio Ovando, quien  trabajó en la mina  y después fue carnicero en la época de COMIBOL, tenía tres  hermanos. Ella relata: “Mi mama  y papá fueron a la marcha de la pampa; desde Cancañiri hemos  bajado, estábamos atrás de toda la gente que marchaba, después sólo hemos visto  humo, oíamos  gritos y  todos hemos corrido  por donde podíamos … A la gente en la marcha  los mataron junto a sus hijos,  era  una pena  decía mi mamá  llorando,  de todo lo que había pasado en la marcha de Catavi. Eso nomás recuerdo  yo,  tengo  85  años… ya no recuerdo mucho”.

 

Narciso Aguilar:

“Una  señora  me  ha  gritado  agáchate  me ha  dicho; encima de un muerto me  ha  empujado…”

Otro testigo del hecho fue don Narciso Aguilar, que nació en 1933. Durante la masacre tenía 9 años. Su padre era venerista en esa época. Posteriormente, trabajó en el hospital Albina de Patiño durante la COMIBOL:

“He  visto la  masacre, de niño era muy curioso y por eso les he seguido a la gente; algunas señoras hablaban que había gente herida en Catavi. Yo le he  visto a doña María Barzola, era una señora alta, media blancona, las mujeres pedían  abastecimiento de pulperías, han bajado las mujeres, detrás de las señoras   caminaba. En la marcha había mucha baleadura. Una  señora me ha gritado   agáchate me ha dicho; encima de un muerto me  ha empujado, muchas balas había; otra señora  me ha gritado, diciendo agáchate, arrástrate diciendo por el río  nos hemos venido”.

Al día  siguiente decían están enterrando. He corrido, ya no he visto a  los muertos pero en el cementerio los han enterrado en fosa común. Como era niño no me decían nada; yo he  visto la fosa  común.  Yo te  estoy contando lo que he visto, lo que  he  vivido, yo no me  puedo inventar, todo lo que  recuerdo  te cuento”.

“Doña  María  era  guapa, media blancona y alta, antes de la  matanza  le he  visto, como era  niño, 9 años tenía, yo miraba y escuchaba, ella  estaba agarrando la  bandera, desde la plaza  hemos  ido  todos, pero después  he aparecido casi al último, mucha gente estaba en la marcha, mucho alboroto, después fue la  baleadura, las mujeres gritaban. Matanza era”.

 

Por la memoria de las mujeres mineras bolivianas

L

a presencia de las mujeres mineras en las diferentes luchas de los mineros bolivianos le da sentido y fuerza. María Barzola, inmolada en las pampas que ahora lleva su nombre, es un símbolo de convicción, consecuencia y valentía. A la cabeza de la marcha sabía que arriesgaba su pellejo y no dudó de ofrendar su vida por la causa de mejores salarios a favor de sus compañeros mineros, mal pagados por la Patiño Mines.

La huellas que dejó la siguieron el Comité de Amas de Casa de Siglo XX, las mujeres que murieron en la Masacre de San Juan, las valerosas cuatro mujeres que hicieron la huelga de hambre durante la dictadura del banzerato, Domitila de Chungara, que con su testimonio dio a conocer la realidad de las familias mineras, las mujeres resistentes en la Marcha por la Vida y las que lucharon por la defensa de los recursos naturales, en Amayapampa en 1996.

Es muy importante recuperar la memoria de María Barzola porque se produjo en un momento en que los mineros estaban consolidando sus ideales, sueños y conciencia de clase. La masacre de Catavi impulsó al sindicalismo y al movimiento minero. Posteriormente, se creó la Federación Sindical de Trabajadores Mineros y, en 1952, la Central Obrera Boliviana, símbolos de lucha, resistencia, democracia, conciencia de clase y vanguardia de los trabajadores y el pueblo de Bolivia.

Parece que estas luchas no tienen memoria histórica porque la lápida que se dejó en las pampas de María Barzola quedó sin pena ni gloria y sólo queda un pedestal de cemento, lugar donde además se firmó la nacionalización de las minas, el 31 de octubre de 1952.

Quienes vivimos en estas regiones no olvidamos las lecciones de las mujeres que fueron y son puntal en las luchas por mejores días para Bolivia.

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